El bebé y su mamá siguen fusionados en el mundo emocional.
Este recién nacido, salido de las
entrañas físicas y espirituales de su madre, forma parte aún del entorno
emocional en el que está sumergido. Al
no haber comenzado todavía el desarrollo del intelecto, conserva sus capacidades intuitivas, telepáticas, sutiles, que están absolutamente
conectadas con el alma de su mamá. Por lo tanto, este bebé se constituye en el
sistema de representación del alma de la mamá. Dicho de otro modo, todo lo que
la mamá siente, lo que recuerda, lo que la preocupa, lo que rechaza... el bebé
lo vive como propio. Porque en este sentido son dos seres en uno.
La mamá atraviesa este período “desdoblada” en el campo
emocional, ya que su alma se manifiesta tanto en su propio cuerpo como en el
cuerpo del bebé. Y lo más increíble es que el bebé siente como propio todo lo
que siente su mamá, sobre todo lo que ella no puede reconocer, lo que no reside
en su conciencia, lo que ha relegado a la sombra.
Utilizar las manifestaciones del bebé como reflejo de la propia sombra es una posibilidad entre otras para el crecimiento espiritual de cada madre. En este sentido, el
bebé es una oportunidad más. Es la posibilidad de reconocernos, de centrarnos
en nuestro eje, de hacernos preguntas fundamentales. De no mentirnos más e
iniciar un camino de superación. El bebé se constituye en maestro, en guía,
gracias a su magnífica sensibilidad y también gracias a su estado fusional con
la madre. Siendo tan puro e inocente, no tiene aún la decisión consciente de
relegar a la sombra los aspectos que todo adulto decente despreciaría. Por eso manifiesta sin tapujos todo sentimiento que no es presentable en sociedad. Lo
que desearíamos olvidar. Lo que pertenece al pasado. El bebé se convierte en
espejo cristalino de nuestros aspectos más ocultos. Por eso el contacto
profundo con un bebé debería ser un período para aprovechar al máximo.
Extracto de "La maternidad y el encuentro con la propia sombra".
Laura Gutman

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